Impulsa Tragedia del Sismo Solidaridad Ciudadana y Rapiña de Políticos

Por Ricardo Rojas Rodríguez

Zitácuaro.- Conforme pasan las horas, la cifra de muertos por el sismo registrado este martes, aumenta. Nuevamente la tragedia, a justos 32 años del gran terremoto de México 1985. No hay comparación: aquella vez la destrucción fue gigantesca. Ahora, no tanto, pero la tragedia, el dolor, la tristeza es igual. México está herido.

Tenía que ser la Ciudad de México. El corazón del país, la Ciudad de los Palacios, el origen de la civilización azteca que se asentó sobre un lago. Todos ellos son factores que juegan en su contra. Pero no sólo es la metrópoli, lo más doloroso, grave, a lo que se le da poca atención es a la tragedia en las pequeñas y marginadas poblaciones rurales.

Afortunadamente, en nuestra ciudad el temblor no provocó más que un susto. Eso sí: varias personas con crisis nerviosa, al sentir que la tierra, las paredes y los techos se movían. Esto trajo, en una fracción de segundo, las imágenes de la destrucción en Oaxaca y Chiapas de hace unos días. Y, entonces, el pánico fue mayor.

Pero no pasó a mayores, a pesar de que en lugares como en la secundaria federal número 1, cuyos alumnos estaban en clase cuando ocurrió el temblor, los casos de histeria se multiplicaron. Pero nada más.

Sin embargo, la destrucción de edificios de la Ciudad de México nos duele como si fuera una tragedia propia. Y es que hay muchos lazos afectivos y familiares con la capital del país, por la cercanía. Algunos de nosotros vivimos ahí, estudiamos, trabajamos y sentimos en carne propia el miedo de los temblores, como aquel megasismo del 85.

La naturaleza se ensaña con el país: primero, los huracanes; luego, el temblor de 8.2 en la escala de Richter; después, más huracanes, y el nuevo temblor en la fatídica fecha del 19 de septiembre.

México ya era un país herido, antes de estas tragedias naturales. La corrupción de nuestros gobernantes, el crimen organizado y sus complicidades con las corporaciones policíacas y los mismos políticos. El país es un botín que se han repartido unos cuantos, empeñados en acabarse la nación.

La diferencia es que las tragedias naturales sacan lo mejor de nosotros, los ciudadanos. Nos convertimos en protagonistas y, sin importar los riesgos nos alistamos a ayudar. La solidaridad surgió desde las primeras horas, sin protagonismos, sin políticos, sin gobernantes.

Después del sismo de 1985, cuando el gobierno se cruzó de brazos ante la tragedia, fueron los ciudadanos los que tomaron el control de la situación y sumaron brazos, esfuerzos y voluntades para salvarles la vida a sus similares.

Filas de gente para retirar piedra por piedra, con desesperación, con prisa por rescatar con vida a quienes quedaron atrapados, aplastados, entre los escombros. Es lo que vemos en los medios de comunicación.

Este despertar es algo de lo poco bueno rescatable, en medio de la tragedia, de la muerte, de la destrucción. Los ciudadanos dejamos de ser espectadores, como cuando los políticos saquean las arcas públicas, cuando los grupos criminales disponen de nuestras vidas.

Somos los ciudadanos que, unidos, mano con mano, podemos superar estos problemas. Si con ello salvamos vidas y removemos montañas de escombros, no hay límite de lo que podemos hacer.

Buitres Políticos

Lo muy censurable y lamentable ha sido el oportunismo con el que políticos de todos los niveles y de las entidades dañadas por estos desastres naturales han actuado. No sólo se han aprovechado de las tragedias para promover su imagen, sino que han despojado a las víctimas de los bienes que los mismos ciudadanos les han dado.

Desde que el huracán Katia dañó Veracruz, a principios de septiembre, hasta los sismos en Oaxaca y Chiapas, los políticos, los gobernantes, han visto en la tragedia la oportunidad para promoverse.

Y el espectáculo ha sido vergonzoso: el gobernador de Veracruz, Miguel Ángel Yunes Linares, quien entregaba despensas a los damnificados del huracán con propaganda política con logotipos como “Yunete”.

Asimismo, los alcaldes que retienen las despensas para entregarlas sólo a sus correligionarios, como la de Juchitán, Oaxaca; el secretario de Protección Civil en Pantepec Chiapas, que se robó 90 colchonetas destinadas a los damnificados.

También está el caso de la actriz Anahí, esposa del gobernador de Chiapas, que presume cómo ayuda a los damnificados y que no tiene tiempo de ponerse “bonita”, como si hiciera una gracia al prestar un poco de ayuda, que es insuficiente.

De la misma forma, los diputados federales, cuyo presupuesto se incrementará miles de millones de pesos el próximo año, sólo destinaron un día de su sueldo para ayudar a los damnificados del sureste; esto es, el equivalente a un millón de pesos.

Y mientras los gobernadores de los estados dañados anteriormente y los funcionarios federales y el propio presidente de la República posan en recorridos a las zonas dañadas, miles de ciudadanos no han recibido nada de ayuda.

La situación en Chiapas y Oaxaca ya era trágica, porque las poblaciones más pobres y alejadas han quedado olvidadas, sin comida, sin un techo, sin agua, sin ayuda. Por ello, ciudadanos de varias partes del país han tomado la iniciativa de reunir víveres y llevarlos directamente a las comunidades dañadas.

Ante la tragedia, la muerte, la destrucción, los políticos no se han despojado de su actuar interesado y su permanente búsqueda de obtener beneficios con todo lo que les rodea. Se han convertido en buitres humanos…

Que no Haya Olvido

Lamentablemente, la tragedia en la Ciudad de México ha atraído los reflectores de todos los medios del mundo, y ha dejado en el olvido a los miles de damnificados en Oaxaca y Chiapas.

Ojalá no ocurra. Allá, en el sureste, las necesidades son muchísimas y, repetimos, hay miles de personas dañadas que no han recibido nada de ayuda. No es que no se necesite colaborar con la Ciudad de México, Morelos y Puebla, pero los damnificados de Chiapas y Oaxaca son los más pobres entre los pobres.

Necesitamos, como ciudadanos, hacer un esfuerzo extra para ayudar más allá de nuestras capacidades y no olvidarnos, por favor, de los damnificados del sureste; reiteramos: son los más humildes, los más necesitados. Ellos dependen de las despensas para comer…

Zitácuaro

En este municipio y la región, el susto fue mucho, pero los daños muy pocos. Las afectaciones, en los casos en donde las hay, son muy pequeños. Afortunadamente, los sismos han llegado con menos intensidad, lo que nos ha mantenido a salvo.

Aquí, además, desde los primeros minutos las autoridades municipales se han abocado a revisar y hacer operativos para cerciorarse si hay daños, si alguien necesita ayuda; inclusive, se han dispuesto las instalaciones del DIF como albergue, por si alguien lo necesita.

Eso es bueno… Lo malo, si podríamos decirlo así, es el protagonismo que ha adoptado el alcalde Carlos Herrera. Él es el que está a cargo de la coordinación con las corporaciones policíacas y de emergencia, les pide cuentas y les ordena continuar con las acciones.

Pero, además, él mismo es el que encabeza las transmisiones en vivo por su Facebook de la información oficial y se convierte en la noticia. Es decir, lo importante no es lo que pasa, sino lo que hace y dice.

Es decir, utiliza la emergencia para sobreexponer su imagen, para presumir que está en control, que le preocupa el municipio y la ciudadanía. No es que no queramos que esté al pendiente, sí; esto está bien. Pero lo malo es el protagonismo, que es innecesario…

La buena noticia es la intervención del cuerpo de bomberos voluntarios en las labores de rescate de la Ciudad de México. Desde las 3 de la tarde del martes salieron a la capital y dos horas después ya estaban en una zona de desastre. No esperábamos menos de ellos. Muy bien…

Posdata: En medio de la ciudad rota está Alfonsina, aprendiz de médico, dispuesta a ayudar. Está muerta de miedo, porque ha visto por primera vez la destrucción de cerca y sentido su dolor.

Allá está para hacer lo que la gente hace allá, en este preciso momento: servir. Y yo aquí, preocupado por ella, por las réplicas, por el riesgo, porque está en la zona más peligrosa de la ciudad.

En medio del espanto, espero, con todas mis fuerzas, que no le pase nada, que su presencia sirva para mitigar el dolor de alguien y que pase lo que tenga que pasar. Cuídate mucho.

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