La Kakistocracia en México

Por M. en D. Joaquín R. Benítez V.*Durante la decadencia del Imperio Romano, los “Cesares” distraían la atención del pueblo con el gran “Circo”, en el cual, durante las funciones, se repartían enormes cantidades de pan, ello con la final de mantener aletargados a los habitantes de la grave situación económica, política y social de la Roma imperial, de allí derivó la frase “al pueblo pan y circo”.

En México, desde hace décadas, se ha seguido el ejemplo de los “Cesares”, dando al pueblo pan y circo, así, durante años hemos sido los espectadores de la gran puesta en escena del régimen partidocrático, conformándonos con las migajas del pan que caían de la mesa, sin embargo, los emperadores sexenales cometieron el error de quitar el pan al pueblo, lo que originó que, por mucho espectáculo que haya, ya no resulta atractivo cuando se tiene hambre y los aplausos de ayer hoy se vuelven reproches.

No se puede aplaudir a un espectáculo en el que existen millones de desaparecidos por todo el territorio nacional; no se puede aplaudir cuando acontecimientos como los de la Guardería ABC y Atenco quedaron impunes; no se puede aplaudir cuando la injusticia es la constante; no se puede aplaudir cuando se tiene una kakistrocracia (gobierno de los peores) que se enriquece inmensurablemente; no se puede aplaudir cuando la economía del país se encuentra estancada; no se puede aplaudir mientras se sigan asesinando estudiantes y periodistas; no se puede aplaudir mientras no se combata la corrupción institucional y personal; no se puede aplaudir mientras el territorio nacional siga siendo una zona de guerra.

Por decenas de razones no se puede creer en el gobierno, cuando ha sido pocos los que de manera directa e indirecta se han visto beneficiados por las finanzas públicas; por los que siguen aferrados a las glándulas mamarias del poder;  a los que han convertido en multimillonarios al amparo de los negocios con el gobierno; aplauden los que viven en las zonas residenciales nacionales y extranjeras; lo que tienen salarios faraónicos y gastos todos pagados; aplauden los que se han llenado los bolsillos de dinero, pero también, aquellos que, no teniendo nada que comer, se ven favorecidos con un mendrugo de pan.

Cómo estar de acuerdo con un Presidente, Secretario de Estado, Senador, Diputado o Gobernador, cuando han constituido una perniciosa clase saqueadora, rapaz, indiferente, burlona, cansada, cínica y ladrona; los aplausos no se dan por discursos bonitos sino por acciones efectivas a favor de la población; los aplausos no se dan por las buenas intenciones sino por el buen ejemplo a seguir; los aplausos no deben darse de manera mecanizada sino razonada.

Cómo avalar las decisiones gubernamentales cuando los errores en la dirección del país son más que evidentes y donde las reformas estructurales fueron una retórica barata que en nada ha beneficiado a los bolsillos de millones de mexicanos; los problemas de la nación no se resuelven con la simulación y los aplausos de los esbirros, ni tampoco con el aglomerado de acarreados que han cambiado su voluntad por hambre.

En política las formas importan mucho y quienes no toman las medidas adecuadas, están destinados acometer diversos yerros, es por ello que, el lenguaje es importante y por ende debe haber una congruencia de lo que se dice con lo que se hace, es decir, tener una buen manejo de la retórica (como arte del buen decir); de lo que deriva que nuestro presidente de la república, haciendo honor a su insigne cargo, debe de ser más cauteloso al usar el lenguaje, pues ha sido su propia boca quien lo ha metido en varios problemas que le han restado credibilidad a su imagen.

Mientras la clase gobernante no llegue a consensos con el pueblo, México seguirá siendo un país destinado al fracaso, a la mediocridad y al caos económico-social; es momento de que el otro elemento de la política, los gobernados, comencemos a tener una mayor participación en las decisiones de la política nacional, es momento de la organización a efecto de exigir el reconocimiento de que la soberanía reside esencial y originariamente en el pueblo, un pueblo que está en el hartazgo de las condiciones de vida a las que lo han sometido. Es momento de iniciar la nueva revolución, tal vez no armada, pero sí ideológica.

El día que el pueblo sea tomado en cuenta en las decisiones prioritarias del país, quizás volvamos a creer a los gobernantes, mientras tanto seguiremos siendo meros espectadores de la política nacional y clientes en cada elección.

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jbenitezv_nos@hotmail.com (Comentarios y sugerencias).

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