2 de Octubre, Ni Perdón Ni Olvido

México.- La represión del 2 de octubre fue tan brutal que arrasó con el movimiento estudiantil y, en parte, con la memoria que de él se ha tenido. Entre agosto y septiembre de 1968, la vitalidad política, la exigencia cívica y el vehemente antiautoritarismo de los jóvenes estudiantes empujaron un movimiento entusiasta y luminoso.

Aquellos muchachos ­libraron la retórica de las asambleas, salieron a las calles no obstante las amenazas y demostraron que había un camino distinto a la resignación frente al absolutismo del régimen político.

El movimiento fue jubiloso, lúdico, incluso festivo. Sin embargo, el golpe de la noche triste de las Tres Culturas fue tan devastador que a esas jornadas se les recuerda fundamentalmente con el luto y la indignación ante el crimen perpetrado por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

Los dirigentes estudiantiles estaban acosados por la persecución. Sabían que podían ser aprehendidos en cualquier momento. Aunque no se hacían ilusiones, apostaban a que fructificara el diálogo con el gobierno. Dos días antes el Ejército había desocupado Ciudad Universitaria y entre los estudiantes había una mezcla de esperanza y temor.

Unas 10 mil personas escuchaban a los oradores en Tlatelolco cuando, a las 6:10 de la tarde, las dos luces de bengala arrojadas desde un helicóptero fueron la señal que desató la balacera. El Ejército avanzó sobre la plaza.

Desde el Edificio Chihuahua, en donde estaban los oradores, individuos emboscados disparaban contra la gente. Los balazos alcanzaron tanto a personas que asistían al mitin como a soldados. Otros testimonios indican que también hubo soldados que dispararon, frente a frente, contra civiles.

Algunos corresponsales extranjeros dijeron que hubo centenares de muertos. Esa estimación ha sido compartida por muchos y se ha convertido en leyenda. Recientemente, la investigadora Susana Zavala, a partir de una revisión de archivos, ha sostenido que en el transcurso del movimiento estudiantil se registraron 78 muertos y 31 desaparecidos.

 

La cantidad de heridos debe de haber sido mucho mayor. Además, el 2 de octubre hubo 2360 detenidos, según Sergio Aguayo en su libro El 68. De ellos, varios centenares estuvieron presos algunas semanas. Otros, algunos años.

Sesenta y ocho personas fueron sentenciadas a penas de entre 3 y 17 años de cárcel. Algunos de ellos fueron liberados antes y, la mayoría, en mayo de 1971. La sevicia de Díaz Ordaz y su gobierno les quitó varios años de libertad a docenas de mexicanos, la mayoría jóvenes.

La masacre de Tlatelolco fue resultado de una decisión del gobierno. Durante algo más de dos meses, el movimiento estudiantil había significado un desafío que, parapetados en un rígido autoritarismo, Díaz Ordaz y sus funcionarios no fueron capaces de entender.

Los estudiantes movilizados en 1968 habían sido agraviados cuando la policía golpeó a varios de ellos en las marchas a fines de julio y, más tarde, cuando el Ejército ocupó instalaciones de la UNAM y del Instituto Politécnico Nacional.

Mientras más se acentuaba la línea dura del gobierno, más se intensificaba la rebeldía de los jóvenes que habían creado una eficaz y dúctil organización.

Las decisiones centralizadas en un caótico pero responsable Consejo Nacional de Huelga se esparcían gracias a millares de brigadas que re­corrían la ciudad, y luego el país, realizando mítines relámpago en parques y mercados públicos.

Las Demandas

Las peticiones de esos jóvenes eran cuidadosamente elementales.

Seis demandas articulaban el movimiento.

  1. Libertad a los presos políticos, tanto los estudiantes y profesores detenidos en aquellas semanas como dirigentes sindicales y sociales que llevaban nueve años en la cárcel.
  2. Destitución de dos jefes policiacos, Luis Cueto y Raúl Mendiolea, así como del teniente coronel Armando Frías, que habían ordenado o encabezado agresiones contra estudiantes. 3. Extinción del Cuerpo de Granaderos.
  3. Derogación del delito de disolución social que, establecido en el Código Penal, era motivo frecuente para encarcelar a luchadores sociales. 5. Indemnización a familias de muertos y heridos en los enfrentamientos ocurridos desde el 26 de julio.
  4. Deslinde de responsabilidades por la represión y el vandalismo de policías y soldados en los hechos recientes.

Sin embargo, el presidente consideró que el movimiento estudiantil cuestionaba su autoridad. Aquella era una autoridad sustentada en la resignación forzada y en el silencio de la sociedad.

Aquel sistema no reconocía interlocutores en los ciudadanos. Por eso la demanda, ciertamente desmedida, para que el pliego petitorio fuera discutido en un diálogo público, resultaba tan lacerante para una estructura política fincada en el monólogo presidencial.

La represión después de las marchas, la intervención del Ejército contra muchachos desarmados y la masacre de Tlatelolco expresaron la intolerancia de un gobierno incapaz de escuchar a los segmentos más activos de su sociedad.

El movimiento estudiantil fue derrotado aquel 2 de octubre, pero, como todos sabemos, a la postre ha sido victorioso porque su búsqueda democrática se extendió y prosperó años después.

El movimiento de 1968 no fue un parteaguas histórico porque después de él, y por largo tiempo, se mantuvieron prácticas autoritarias como las que impugnaron esos estudiantes.

Pero la convicción participativa que los alentaba, las ganas de rescatar instituciones anquilosadas por el despotismo y la confianza en el cambio influyeron en la organización de la sociedad y en muchas reformas institucionales en las décadas siguientes.

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